Cultura Libre



Gabriel Zaid nos habla de 3 conceptos de cultura[1]:


La cultura personal, conceptualizada por los romanos (los griegos no tenían el concepto de cultura) y que es referida al cultivo intelectual y espiritual del individuo a través de la lectura, escritura y participación en actividades culturales.                                                                        
La  cultura social, conceptualizada en la ilustración, que habla de una cultura institucionalizada y con una importante labor “evangelizadora” (usando este término de forma no religiosa).                                                                    

La cultura  comunitaria,  es reclamada por el Romanticismo del XIX  en respuesta a los desmanes culturizadores  de la misión ilustrada. Si la ilustración defendía una cultura única, la cultura comunitaria promueve la defensa de la diversidad cultural de los pueblos y su carácter horizontal.
 
Lo que sí tienen en común la cultura social y la cultura comunitaria es que ambas están destinadas a que se pueda desarrollar la cultura personal. 

Esta taxonomía de la cultura de carácter historicista nos puede servir como vehículo para explicar el marco cultural actual, y en concreto, el de cultura libre.


Se puede decir que los tres tipos de cultura conviven (y es posible que siempre haya sido así) en la actualidad.  Se puede hablar de una cultura institucional, es la cultura del copyright; de una cultura comunitaria encarnada en los usos y costumbres de cada comunidad y en su folklore; y de una cultura personal, la cultura de consumo. 

Este tipo de “cultura personal”, consume cultura institucional y consume cultura comunitaria, pero a diferencia de lo formulado por los romanos, no cultiva el intelecto ni el espíritu, y eso es porque solo existe lectura y  no hay  reescritura de esos contenidos culturales, no existe una cultura activa.

ahora en nuestro siglo recién estrenado, podemos ver el resurgir de la cultura de lectura-escritura del siglo XIX”   Larry Lessig[2]

En 1906 Philip Sousa hizo un alegato en el congreso de los EEUU en contra de lo que el denominaba “máquinas parlantes” (el fonógrafo) acusándolas de que harían que olvidásemos como cantar o hacer música, incluso aventuraba un  atrofiamiento de la cuerdas vocales. 

Las cuerdas vocales no se nos han atrofiado, no hemos olvidado como cantar o hacer música, lo que no imaginó Sousa, es que las limitaciones al uso de nuestras cuerdas vocales vendrían por parte de las instituciones con  las leyes de copyright, que son las que realmente limitan el uso y la creación de contenidos culturales. Obstaculizan los procesos de lectura-escritura tan necesarios para el desarrollo de una cultura personal, y lo que es aún peor, nos educan en una cultura de consumo que pervierte nuestra relación con la cultura comunitaria.
La historia de la propiedad intelectual es compleja y está llena de batallas legales de todo tipo. Y  las batallas legales, cuando implican ganancias, son falladas a favor del que más poder acumula. Por ello, casi toda la jurisprudencia y legislación que fundamentan la propiedad intelectual están hechas a la medida de las grandes empresas y lobbys culturales, y no, como se nos quiere dar a entender, a favor del creador.

Esta situación de la que hablo pertenece, en parte, al siglo pasado, en nuestros días la aparición de internet está ayudando a la regeneración de la producción cultural. Hace viable, más que nunca, esa necesidad de lectura escritura de los contenidos culturales, la cultura activa.


Voces que suenan muy alto, pero que no son tantas, acusan a internet de destruir la cultura por facilitar el intercambio libre de contenidos con copyright. No es la cultura lo que se destruye, sino su modelo de negocio. 

Usando la taxonomía de Gabriel Zaid de la cultura, podríamos redefinir el paradigma cultural de esta manera:  la cultura institucional es Internet, la cultura personal son las personas que interactúan en internet y la cultura comunitaria es el producto de esa interacción.

En la nota de edición del libro de Lawrence Lessig “Por una cultura libre” se la define como las tierras comunales de la cultura y el pensamiento. En este mismo libro se refiere a la red como: El collage libre, lugar donde se genera autoconocimiento, plataforma educativa que no sería posible sin la existencia de una cultura libre que permite trabajar a partir del trabajo de otros…[3]
 
He aquí una de las claves, toda creación viene inevitablemente de lo que otros han hecho antes.

En este punto hay que hablar de qué pasa con  los derechos de los creadores, y  las necesidades vitales de estos. Me atrevo a plantear la hipótesis de que el problema radique en que siempre se ha hablado desde los términos de propiedad intelectual. La propiedad es algo que puede cambiar de manos, por lo que una propiedad intelectual puede pasar de mano en mano generando ganancias a quien sea su dueño.  En cambio la autoría es algo intransferible, y es donde residen los méritos que legitiman los derechos del creador sobre su obra, a pesar de que esté construida a partir de otros hechos culturales, que a su vez pertenecen a otros autores o comunidades.  

Hasta ahora la gestión de los derechos de autor estaba en manos de las instituciones gubernamentales y en su legislación del copyright. La red ha obligado a estas instituciones a que se tengan en cuenta otras formas de gestión de estos derechos, que en un mundo globalizado superan las fronteras de las naciones, y que permiten al creador ser el mismo quien decida cuales son los usos que se le puede dar a su obra. 

La más conocida  y establecida son las licencias Creative Commons[4]:
Se trata de una corporación sin ánimo de lucro establecida en Masachussets pero que tiene su sede en la universidad de Stanford. Su creador es Lawrence Lessig, profesor de derecho en la universidad de Stamford.

Al contrario de lo que muchos podrían pensar, Lessig no está en contra de la propiedad intelectual y aboga por la construcción de una capa de copyright razonable por encima de los extremos que reinan hoy en día.


En su libro “Por una cultura libre” plantea que los grandes problemas de la propiedad intelectual son la acumulación de estos derechos por grandes empresas culturales, sus abogados,  la dilatación en el tiempo de estos derechos de propiedad y las dificultades que existen a la hora de poder identificar a los dueños de los contenidos culturales, debido al escaso control por parte de las instituciones gubernamentales de estos copyright (para que una obra tenga copyright solo tienes que indicarlo, no es necesario ningún trámite). 

La solución que aporta Lessig con las creative commons resuelve este último problema. Con sencillas etiquetas el autor determina el grado de libertad de uso de su obra, facilitando la labor de otros creadores a nivel global. Las principales etiquetas que ya están implementadas (o permiten su implementación) en muchas plataformas de internet son: Atribución (nombrar al autor), uso no comercial, no permitir obra derivada, compartir igual. Existen más, pero estas son las más extendidas y comunes. Solo las obras etiquetadas con atribución y/o compartir igual entran dentro del marco de cultura libre. La etiqueta compartir igual, tiene una vital importancia en la difusión de este modelo cultural ya que lo convierte en algo viral.
He escuchado muchas veces que estas licencias no tienen ninguna seguridad jurídica, yo siempre respondo que tiene tanta como el copyright tradicional, al final tienes que contratar un abogado. La diferencia, aparte de facilitar la labor de otros creadores aclarando que usos pueden dar a tu obra, es que te obligan a repensar el ámbito cultural en el que trabajas y a crear así un modelo económico adaptado a tus necesidades y posibilidades. 

Al publicar en internet cualquier contenido estás generando una prueba de que eres autor de ese contenido. A parte están surgiendo en internet plataformas como Safe Creative [5] que se encargan de forma gratuita de registrar esos contenidos publicados ofreciéndote, en caso de surgir algún problema, ese registro. Te ofrecen también una serie de modalidades de pago donde se incluyen asesoramiento especializado y seguimiento del uso de tu obra por un precio que ronda los 50 euros anuales. La debilidad que tienen este tipo de licencias aparecen cuando se quiere obtener remuneración por esos contenidos, el camino fácil es afiliarse a una entidad de gestión colectiva[6] (como la SGAE), la otra opción es negociar cada vez que se dé el caso de obtener remuneración por esos contenidos.

La historia de este tipo de licencias se está escribiendo, y es muy difícil predecir qué pasará y cómo evolucionarán. Las herramientas para labrar el camino a una cultura libre están creadas, queda su perfeccionamiento, que por suerte o por desgracia, tal como están planteadas, tanto su uso como su perfeccionamiento son una tarea comunitaria.


“Pájaros sobre la cabeza” está bajo una licencia Creative Commons con etiquetas, Atribución, uso no comercial, compartir igual.





Rafael García Artiles, a 6 de Junio del 2013






[1] ZAID, Gabriel (2007). Tres conceptos de cultura.[en línea]. Revista digital: Letras Libres [Fecha de consulta: 23/05/2013]. http://www.letraslibres.com/revista/convivio/tres-conceptos-de-cultura?page=full
[2] LESSIG, Larry  (2008). Creative Commons y cultura libre. Una legislación insensata. [en línea]. Revista digital: Telos [fecha de consulta: 23/05/2013].
[3] LESSIG, Lawrence.(2005) Por una cultura libre: cómo los grandes grupos de comunicación utilizan la tecnología y la ley para clausurar la cultura y controlar la creatividad. Madrid : Traficantes de sueños.
[4] podéis encontrar más información sobre estas licencias en http://es.creativecommons.org/blog/
[6] TORRES-Padrosa, Víctor/ DELGADO-Mercé, Jaime. 2011 Alternativas para la autogestión de los derechos de autor en el mundo digital. [en linea]El profesional de la información , vol. 20, n. 1, pp. 61-69. [Fecha de consulta:26/05/2013]. http://eprints.rclis.org/15296/

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