Musas, grifos y bolsitas de te: una anodina historia sobre la perdida de la inspiración.



“Hoy no me levanto de la cama, ¿para qué? Solo hace un maravilloso día” 

 Esa fue la respuesta que dio Fulgencio a su amigo Cándido cuando este le llamó para invitarle a dar un paseo a la montaña. A Cándido esta respuesta le extrañó, pues recordaba a su amigo Fulgencio como una persona que, si bien se apagaba con el mal tiempo, cuando salía el sol brotaba como planta en primavera.
 Lo que no sabía Cándido era que Fulgencio, de profesión escritor, había perdido la inspiración, y que en esos momentos, se encontraba sumido en el recuerdo de cuando le era fácil escribir. Buscaba Fulgencio, en esos recuerdos, cual era él truco, la fuente, o lo que sea, que le inspiraba con tanta naturalidad y fluidez. 

 Fulgencio, un poco perturbado por la llamada de su amigo, y tras colgar el teléfono, decide volver a sus recuerdos, pero le cuesta retomar la intensidad con la que los estaba reviviendo, esto le frustra aún más, odia durante un momento a su amigo Cándido y toma la decisión de poner por escrito esos recuerdos. Se levanta de la cama, se sienta delante de una máquina de escribir, podría hacerlo delante del ordenador, pero Fulgencio es un romántico y piensa que en la máquina quizás encuentre la inspiración que le falta. También le gusta mucho el sonido rítmico que hace la máquina al teclearla con cierta fluidez.

 Recuerdo los días en los que las palabras surgían como agua corriendo por un grifo abierto, ya no como un manantial que no cesa, así no, como un grifo que abres y cierras a placer, como el grifo que abres para calmar tu sed, incluso para saciarte de agua fresca, un grifo que cierras cuando dices basta, pues bien sabe todo el que encuentra en la creatividad su forma de existencia, que no hay cosa más terrible que un caudal incesante de creatividad. Bueno, corrijo, hay algo peor, que no salga nada. 

  Recuerdo también el primer síntoma, aquel día en el que me percaté que el agua salía tibia, aun así bebía, pero bebía menos. Pero poco a poco fue elevando su temperatura, hasta el punto que tenía que dejarla enfriar un rato para poder beberla.

 Un día, en una de esas improductivas esperas, se me ocurrió que quizás podría aprovechar esa agua caliente para preparar unas infusiones. Bajé al supermercado y compré unas bolsitas con hierbas. Me preparé la infusión y resultó de lo más agradable, aunque le faltaba algo. Decidí probar todas las bolsitas de hierbas del supermercado, pero ninguna me terminaba de satisfacer. El amplio catálogo de variedades de hierbas del supermercado empezaba a agotarse. 

Y llegó el fatídico día en el que sólo me quedaba una variedad por probar, pero como yo era una persona positiva estaba convencido que esa era la buena. Quise hacer de aquel momento un acto especial, así que con sumo cuidado escogí una taza adecuada, transparente, que limpié convenientemente hasta eliminar cualquier olor y perturbación visual. Esperé hasta ese momento en el que el sol incidía sobre el grifo, para así poder ver con toda claridad, cómo las hierbas inundaban de colores, olores y sabores aquellas hirvientes aguas. Me limpié también las manos, la cara y las gafas. Abrí el grifo, escuche el sonido, algo cambiado, más denso, más lento, más grave de lo que recordaba. Y salió el líquido, más pesado, más oloroso, más coloroso. Y entonces mis sentidos me transmitieron un recuerdo que había obviado, aquel agua venía cambiando desde hacía tiempo; su color, su textura, su olor, su sabor estaban presentes, eran igual de indescifrables que las de las aguas primeras, pero ahora tenían presencia, tanta, que cuando eché la bolsita de hierbas no pasó nada. Aquel líquido seguía igual de indescifrable.

 Contra lo que muchos podrían pensar, este hecho no me desanimó, más bien me dio alguna esperanza. Cabía la posibilidad que la bolsita de hierbas adecuada me hubiera pasado desapercibida por esta presencia que ahora tenía el agua que salía de mi grifo.

 Decidido fui al supermercado y compré una botella de agua mineral y, la primera bolsa de hierbas de la lista de variedades del supermercado. Y así, día tras día, fui probando las distintas variedades. Desde luego el resultado era distinto, y me gustaba, pero resultaba que cada bolsita de hierbas que probaba era mejor que la anterior. 

Pero llegó el fatídico día que solo me quedó una por probar, y digo fatídico no porque sólo me quedara una, cosa que me perturbaba un poco, pero no tanto como que, cuando llegué al supermercado, no tenían agua embotellada. 

 Le pregunté al dependiente por el agua, y me dijo que no les quedaba, le insistí, le expliqué que necesitaba el agua para probar esa última bolsita de hierbas, me miró un poco preocupado, pero de repente se le iluminó la cara, me cogió de la mano y me hizo atravesar varios pasillos hasta llegar a uno lleno de botellas, con líquidos de múltiples colores, se paró delante de un estante, cogió una botella y me la dio. En su etiqueta pude ver el dibujo de la bolsita de hierbas que me faltaba por probar. Allí estaba, ya preparada, sólo tenía que calentarla. Dudé, pero la adquirí. Ya en mi casa la calenté, la bebí, me gustó, más que cualquier otra, miré la botella, el dibujo de la bolsa de hierbas, y lloré. 

Tras el desahogo, y como si las lágrimas hubieran limpiado el velo que cubría mi imaginación, se me ocurrió coger aquel agua que salía de mi grifo, sensorialmente presente e indescifrable, y depurarla, ya fuera dejándola reposar o destilándola. Fui decidido hacia el grifo, lo abrí, no salió nada, ni sonido. Pero estaba decidido, yo soy así, decidido, así que seguí la tubería del grifo hasta algún punto en el que me permitiera desarmarlo. Llegué al lugar donde desaparecía en la pared, adiviné su trayectoria, y esta adivinación me llevó fuera de mi casa. No vi ninguna tubería, pero si una tapa redonda en el lugar por donde debería pasar la tubería. La levanté, y allí encontré la causa del atasco y de la sensibilización de las aguas de mi grifo; montones y montones de bolsitas de hierbas del supermercado… 

 En medio de mi perturbación y una creciente culpa nacida de la compresión del papel que yo había jugado en el atasco de mi propio grifo, apareció Cándido, como no, diciendo tonterías.

  A la vuelta de su paseo por el campo, Cándido, decidió pasar por la casa de su amigo Fulgencio. Al llegar se encontró la puerta abierta, cosa que no le extrañó, porque sabía sobradamente de lo descuidado que podía resultar Fulgencio. Entró y se lo encontró sentado frente a su máquina de escribir, pero no estaba escribiendo, solo miraba absorto el papel que tenía frente a él. Cándido se acercó en silencio, y quedándose detrás, comenzó a leer lo que había escrito Fulgencio. Cuando llegó al final exclamó con fuerza, y con la intención de sorprender a su amigo:

 “¡Fulgencio!, yo pensaba que eras escritor, pero no, mira tú, resulta que es fontanero.”

 Fulgencio no se inmutó, escribió una frase más con su máquina, y se levantó a saludar a su amigo Cándido. Este le ofreció unas hierbas que había recogido en el campo, Fulgencio se lo agradeció, las cogió y se fue a la cocina, cogió un cazo, abrió el grifo, y llenó el cazo con agua. La calentó en la hornilla, echó las hierbas, dejo reposar unos minutos y sirvió dos tazas. Repitió este acto tres o cuatro veces esa tarde, mientras recordaba con su amigo Cándido otros tiempos distintos, ni mejores ni peores, sólo distintos.

No hay comentarios: