Estupidas hormigas


Antes de ayer estuve removiendo la tierra de una pequeña parcela de tierra en un patio de vecinos con la idea de plantar un huerto. Ayer llovió y la tierra parecía que se volvió a apelmazar. Hoy La pequeña parcela de tierra está llena de agujeros y miles de hormigas corren como locas, y sin sentido aparente, por la superficie. 

Todo esto lo veo desde la ventana de la cocina de mi casa que está a unos cinco metros del nivel del suelo.

Decido bajar y observar el espectáculo hormiguil desde más cerca. Bajo conmigo la azadilla dispuesto a volver a remover toda esa tierra.
Rodeo todo el perímetro del futurible huerto, son unos doce metros cuadrados. Las hormigas siguen corriendo vertiginosamente, van de un agujero a otro, pero no llevan carga alguna, y además están tan absortas que no advierten mi cada vez más amenazante presencia, no sé qué demonios les pasa, son unas hormigas muy estúpidas. Si fuera yo ya estaría organizando las defensas.

 Calculando así por encima podría decir que son las suficientes como para devorarme en media hora escasa.
Primero mandaría a un pequeño destacamento de unas doscientas  hormigas a atacar el dedo meñique del pie izquierdo, que es el que parece más blando, eso me haría centrar la atención en sacudirme las hormigas de ese dedo con mí mano izquierda. Justo en ese momento otros dos destacamentos ocultos en dos agujeros atacarían.
 Uno, en apoyo de las hormigas que atacaron el dedo meñique,  intentaría subir por mi mano con destino a la cabeza, cosa que difícilmente conseguirían.
El segundo destacamento, oculto, tendría como destino la parte trasera de la rodilla izquierda donde deberían morder con fuerza. Esto me haría doblar la rodilla al suelo y poner todo mi peso en la mano derecha para guardar el equilibrio.
 Mientras estoy muy ocupado sacudiéndome las hormigas que han empezado a trepar por mi mano izquierda, cuatro destacamentos de hormigas subirían por mi mano derecha, que al estar manteniendo el peso del cuerpo, se vería obligada a permanecer más tiempo a tierra.
Llegaría un punto en que mantener la mano derecha sosteniendo el peso del cuerpo sería insoportable, momento en el que levantaría el brazo haciéndome caer de costado.
 El estruendo que haría mi cuerpo al caer sería la señal para que el grueso del ejército de hormigas saliera al ataque siguiendo ese instinto natural suyo de meterse por cualquier orificio. Y, ahí, ya estaría perdido.  

Pero bueno, como estaban completamente agitadas son incapaces de llegar, ni siquiera, a plantearse un plan.

He de decir que cuando se me mete algo en la cabeza por mis narices que tengo que conseguirlo, así que tomo la decisión de ir hablar con el encargado de aquel múltiple hormiguero, porque alguno tiene que haber.

Primero voy a por mi equipo de espeleología, me lo equipo y me encojo lo suficiente como para caber por los agujeros, pero quedándome un poco más grande que una hormiga media, para evitar que se me puedan enfrentar.

La verdad es que aunque soy un poco más grande que una hormiga estás siguen dando bastante miedo, pero por suerte están tan absortas en sus erráticos ir y venir que no reparan en mi presencia.

 Me dirijo a un agujero que parece poco transitado.  Engancho la cuerda a una piedra, La paso por el descendedor que llevo sujeto al arnés y comienzo mi descenso. Tengo que tener cuidado porque cada vez que toco la pared esta se deshace un poco, al final no estaba tan apelmazada la tierra.
 Llego a una superficie plana. Solo veo lo que el círculo de luz que proyecta el agujero por donde entré me deja ver. Enciendo mi frontal. Miro a mi alrededor y veo tres caminos. No sé muy bien cual tomar, así que pongo en práctica una técnica que aprendí en un libro de “como tomar decisiones en la vida”.

Levanto la vista y la fijo en el halo de luz del agujero. Comienzo a girar sobre mí mismo, cuando llego a treintaicuatro vueltas paro. Bajo la vista e intento ver que hay delante, pero la luz del agujero me ha cegado. Antes de que mi vista se vuelva a acostumbrar a la luz del frontal voy decididamente hacia delante.

Me doy de bruces contra la pared, como aún sigo ligeramente mareado pierdo el equilibrio y caigo al suelo. En ese momento me acuerdo del plan de ataque que había ideado para las hormigas y de su fatídico final. Me pongo rápidamente de pie temiendo que existan hormigas tan pequeñas como hormigas para las hormigas y empiecen a introducirse por mis orificios. Mientras pienso en todo esto de las hormigas se produce un fuerte estruendo.  Me incorporo y al mirar a mi alrededor, con la vista ya recuperada, veo que dos de los tres posibles caminos han sido tapados por una avalancha. La técnica para tomar decisiones ha vuelto a funcionar, “nota mental: mandar mail de agradecimiento al escritor de “como tomar decisiones en la vida”.

Me levanto y me dirijo al agujero que queda a la izquierda del que aún está libre y comienzo a cavar. Estoy dos horas cavando y al final lo consigo, es lo que tiene ser una persona tenaz, otro ya se hubiera rendido y hubiera ido por el camino fácil.




Camino por el túnel que parece girar todo el rato hacía la derecha, cosa que por cierto me desagrada mucho. De repente ante mí aparece una pared de tierra que tapa el túnel, da la impresión de que cayó hace poco. Me pongo a escarbar, estoy como dos horas escarbando con mis manos desnudas. Las uñas empiezan a sangrar un poco, y se quejan cada vez más alto, tengo miedo de que se me revelen y se pongan en huelga.

El dedo meñique de mi mano izquierda, que por cierto es el que menos trabaja, comienza a alentar a sus compañeros a la huelga. Curiosamente son los dedos de mi mano derecha los que se paran a escuchar al meñique de la izquierda. Se quedan ahí, a la expectativa, parados.

Poco a poco todos los dedos de la izquierda se van parando mientras gritan rabiosamente. Solo el índice permanece escarbando, pero más lento, escuchando y gritando junto con sus compañeros. La mano derecha, sin que me diera cuenta se ha metido en mi bolsillo, donde parece buscar algo.
En esto que un rayo de luz se cuela por un pequeño agujero en la pared de tierra en la que mi dedo índice izquierdo aún sigue escarbando. Todos los dedos se paran, y se callan.
 Mi pie derecho se levanta tirando de toda la pierna y golpea con fuerza la pared, esta cae, sobre mí, sobre mis pies y sobre mis manos.
 Quedo enterrado.

Mi mano izquierda se pone a trabajar retirando tierra de encima, la derecha sigue buscando algo en mi bolsillo. Mi pierna izquierda se pone también a trabajar moviéndose nerviosamente de un lado a otro hasta que finalmente consigue encontrar espacio para incorporarse, arrastrando el resto de mi cuerpo con ella.
Ya en pie mi mano derecha, que ha debido de encontrar ya lo que buscaba, retira la tierra que cubre mis ojos. En ese momento una fuerte luz me vuelve a cegar.

Mi mano derecha  se coloca en posición visera sobre mis ojos. Poco a poco mi vista se acostumbra.
Diviso un bulto en medio de toda esa luz.
Es mi mochila, me la había dejado olvidada en el cruce de caminos. Lo cual quiere decir que estoy en el punto de partida.

 Menos mal, lo habría pasado muy mal sin esa mochila. La abro, cojo la cantimplora y le doy un trago. Miro los tres caminos y tomo la decisión de ir por el que aún no he atravesado. Así de decidido soy.


Estoy un rato siguiendo por el camino que mi linterna va abriendo en la negritud. Pronto las paredes de mí alrededor pasan de ser de tierra a ser de oscuridad, de vacío. Esto me produce un poco de desazón, ya que es muy posible que al no tener referencia alguna, ande dando vueltas en círculo
Se me vienen a la cabeza aquellos días que hacia yoga con la consola de videojuegos y esta me decía que mi equilibrio se perdía siempre por la izquierda. Se me ocurre que para llevar el camino más recto posible lo mejor es que cada 20 pasos corrija un poco a la derecha.

Al rato, aburrido ya de contar mis pasos y de la oscuridad que me rodea pienso que da un poco igual que camine en línea recta, pues no sé muy bien a donde voy.  Miro a mi alrededor buscando algún punto de referencia. Veo detrás de mí una roca muy grande. Esa es la prueba de que no andaba en línea recta, y de que mi técnica no era la correcta, de hecho es muy posible que lo estuviera haciendo al revés pues si no ¿Cómo es posible que no hubiera tropezado con esa enorme roca que queda justo detrás de mí? Me siento sobre ella y alumbro con mi frontal la oscuridad, inútil acto, la oscuridad nunca reflejo la luz, pero la engulle con ansia. Me quedo descansando un rato sobre ella. Poco a poco un sopor va cerrando mis ojos. De repente me siento flotar, un ligero vaivén me hace hundirme más en mi sueño.

Siento una luz atravesar mis parpados, me había quedado dormido. Abro los ojos, y la luz que antes atravesaba  ahora me ciega completamente. Como en otras ocasiones mi vista se adapta al entorno y ante mí veo una enorme ciudad flotante, está dentro de una caverna gigantesca cuyas paredes son pura luz. En esto que me doy cuenta de que me muevo. Al mirar sobre lo que estoy sentado veo una enorme hormiga blanca.

La hormiga blanca me desplaza por toda la ciudad. La ciudad vacía, inerte. La ciudad promesa y mentira. Paradigma de la afertilidad de una sociedad que se vio por encima de sí misma. Varoniles eunucos jugando a procrear progreso.

Caminos sin terminar. Caminos sin caminantes. Caminos sin posibilidades. Caminos del hastío y la rendición. Mi rendición. Allí quedo declarada. Ante la mirada impertérrita de la gran hormiga blanca, única responsable de aquel lugar. Su único habitante. Ya solo me quedaba salir de allí, regresar sobre mis pasos.


Y de nuevo estoy ante el futuro huerto, con mi azadilla en la mano. Ya no hay hormigas en su superficie. Solo quedan agujeros.

Comienzo a labrar la tierra, con ímpetu. Voy cavando los surcos moviendo tierra a un lado y al otro. Cuando termino hay siete hileras donde plantar futuribles verduras. Pienso en lo que voy a plantar, es un huerto de invierno. Coles, puerros, zanahorias, nabos, lechugas, habas, brócoli, guisantes…
Pienso que debería vallar el huerto, para protegerlo de heladas y de manos demasiado prestas. También debería enriquecer aquella tierra con algún tipo de abono, estiércol quizás.

Me siento y observo el huerto viendo en mi cabeza crecer las plantas, me veo recogiéndolas, cocinándolas y compartiéndolas orgulloso. Me miro las manos, dos ampollas aparecen, una en cada mano, están aún blandas. Las ampollas de mis manos me hacen sentir bien. Huelo la tierra entre mis uñas y su perfume me embriaga. Me siento pertenecer al mundo. Y en esto que una vecina asomada a una ventana me grita.

       ¡Hay te va a crecer pollas!

       ¿Qué dice señora?

       Que ahí no va a crecer nada, que esa tierra tiene veneno para las malas hierbas, y el año pasado    los perros se cagaban y meaban ahí. Te van a saber las verduras a meao de perro. A mí no me vayas a convidar.

Y de repente mis manos huelen a meado de perro estéril. Y las ampollas de mis manos se han reventado, y comienzan a infectarse.  Y no estoy en el mundo sino en un patio de vecinos muy grande que de repente se asemeja a un circo. Me subo a mi casa, abro la nevera llena de todo tipo de verduras, cojo un par de salchichas de las baratas. Enciendo la tele, me cansé de ser yo el payaso, ahora espectador pasivo. Como mi vecina, que esperó a que terminase la función para aplaudir y lanzar sus vítores. Me como las salchichas viendo los anuncios y esperando que empiece cualquier programa.

Me acuerdo de las hormigas en su tarado ir y venir; ya no me parecen tan imbéciles.

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