El precipicio: El el pasadizo. Ciudad.


El precipicio: En el pasadizo. Ciudad.

Cruzo la puerta que da entrada al pasadizo y su oscuridad me envuelve.

 Entrar de nuevo en la cueva y atravesar otra vez la oscuridad iluminando con mi linterna la nada y descubriendo más de lo mismo. Pasos a ciegas y desorientados en el hormiguero de la imposibilidad. Una vez más en el mismo lugar y con la misma compañía. ¿Volverá a aparecer la gran hormiga blanca que me lleve de nuevo a la ciudad vacía?. Volver a la ciudad vacía, al espacio de incomunicación saturada. A las casas que son prisiones con ventanas antenificadas a realidades acomodadas al interés del que nos alimenta con pienso sabor “lo que tú quieras”.

Respiro

A la entrada de la ciudad pesaron y midieron mi cuenta bancaria.

               “Sin estabilidad no se puede entrar a la ciudad”, me dijeron.

               “solo estoy de paso, no me pienso quedar” les dije.


               “no es una ciudad de paso, si entras te quedas”


Rodeo la ciudad y una vez más me siento miserable. Pero no penséis que esto es un problema. Gracias a que soy un miserable esta ciudad tampoco me atrapó.
 Evité de nuevo que mis pies quedaran pegados en su untuosa “estabilidad”.

Cruzo la oscuridad del pasadizo sin detenerme o mirar atrás mientras todas estas cosas pasan por mí imaginación. En poco más de un buen rato llego a su salida.
Y allí estoy, en el sendero a mitad de pared.
 A mi derecha me encuentro con un hombre con máscara de conejo y a la izquierda a un conejo con máscara de hombre.
Ambos tienen la boca llena de chocolate, se han comido los huevos que debían esconder.

 El fracaso gotea desde sus ojos.

Pero no están llorando, ni siquiera se sienten culpables.

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