El precipicio: El final del viaje no estaba en el fondo

En mi pasear miro el paisaje. Estoy rodeado por horizonte por todos lados, menos por uno, justo el que da al muro del precipicio.
 Lo toco y siento su realidad.
Intento tocar el horizonte y me doy cuenta de que es imposible.
El horizonte es una imposibilidad en sí mismo, un mar que no sé puede nadar. 

Miro al fondo y veo al conejo estampado. Es lo único que veo. ¿Qué es lo que dejé allá abajo? ¿Por qué es tan importante?

Si me vas a dar una respuesta por favor que no sea que lo importante es haber llegado, que la respuesta está en el camino, en lo que vivo y aprendo, en lo andado. Son patrañas autocomplacientes.

Sigo caminando durante un buen rato, devorando sendero a cada paso.  El sendero siempre aparece por la izquierda. Gira todo el rato en la misma dirección. Pero no desciende, o por lo menos no lo siento así.
 Ante mi aparece de nuevo la entrada al pasadizo.
Confirmado, el sendero es circular.
Confirmado, caminar no es siempre la respuesta.

Entro. Me dirijo a la ciudad. No me dejan entrar porque no tengo trabajo. Regreso al bar de carretera. Pido trabajo. Me lo dan, les gusta como trabajo. Vuelvo a la ciudad, me dejan entrar, construyo mi casa. Tiene dos ventanas, una da a la ciudad, otra al precipicio.

Siempre miro por la ventana que da a la ciudad, imaginando las vidas que transcurren en todas esas casas.

 El penúltimo día de cada mes me asomo a la ventana que da al precipicio. Entonces veo a un hombre con máscara de conejo volando con las alas que yo mismo fabriqué. Me ve y se acerca a la ventana. Yo le pregunto qué es la felicidad. El me responde siempre con una larga retahíla de posibilidades. Escojo una de las posibilidades y consigo las fuerzas que necesito para afrontar un nuevo mes en la ciudad.


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