El precipicio: En el borde. cap 4

Me despierto, como es costumbre, con las primeras luces. Voy hacia el camarero que ya está limpiando la barra. Antes de poder abrir la boca me pasa una factura con una cena y una noche de hotel. Le digo que se lo cobre del día de ayer. Me dice que solo acepta efectivo. Le digo que me pague el día de ayer. Me dice que los pagos se realizan a final de mes. Me dice que le gusta como trabajo y que me contrata para lo que queda de mes a cambio de comida y cama y mis deudas pendientes.

Me veo entonces trabajando todo el mes, aguantando a los guiris madrileños, sus malas maneras, sus cafés con nombre y apellidos, al hamaquero asturiano con ínfulas de capo, a niños malcriados, al hostelero vacilón y al imbécil de su hijo, a la clienta para la que el plato está más vacío y más caro que el año pasado. Y todos vestidos con la camiseta de “el cliente siempre tiene la razón”.

Imaginarme todo esto me produce un estado de rabia que se transforma en un acción violenta que hace llegar al camarero a la conclusión que será mejor que me indique el camino oculto hacia el sendero en mitad de la pared, y dar por saldada la deuda.

Con buenas maneras le hago entender también que será bueno que me equipe con buen material de espeleología y suministros  para el viaje.
El acepta de buen grado y me agradece todo el esfuerzo.

Estoy a punto de decirle que me acompañe cargando con el equipo, pero atendiendo a mis razones y la poco grata compañía que puede resultar, marcho solo, cargando con mi propio equipaje.

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